Presentación en Vallecas con Elvira Lindo

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Presentación en Barcelona

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Presentación en Casa del Libro

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Presentación en Casa del Libro

Reseña del editor José Membrive:

El arte es un universo paralelo donde los espíritus de los autores, de sus personajes, de sus respectivas épocas perviven no solo en los libros y en los cuadros sino en el cosmos espiritual de los lectores, contempladores, escuchantes…

Los artistas suelen ser personas de almas abiertas en cuyo interior se producen encuentros fecundantes entre amables extraños, es decir entre, por ejemplo, el espíritu de Emili Bronte y el de Claudio Rodríguez. La nueva criatura nace en el vientre del artista que ha de alimentarla con su sangre, con su ánimo, con su inspiración, durante nueve meses o nueve años, hasta darlo a luz como nueva criatura.

Las obras de arte son entes inteligentes que, como tales, llevan siempre una dosis de esencia materna y otra de rebeldía contra sus propias raíces y en ello radica el secreto de su enorme vitalidad. Hay una fuerza artística yang que nos empuja hacia nuestras raíces más profundad y nos hermana con nuestras más ancestrales historias de bacterias que llegaron a ser mamíferos. Pero también el arte tiene un impulso yin que nos catapulta al vacío, a la indagación sobre nuestro destino, a la huida del presente y no impele a crearnos nuestras propias alas para evitar estrellarnos ante el gran vacío que se abre cuando nos lanzamos, con los ojos cerrados a inventar un nuevo mundo porque este está demasiado respirado, demasiado desgastado, contaminado, avinagrado.

Julia T López ha revivido (o ha sido revivida por) el mundo cerrado de los abiertos paisajes del romanticismo inglés, como el marco metafórico de la sociedad que nos rodea. Más asfixiante, cuanto más abierto, porque uno puede enclaustrarse en las rejas invisibles de un móvil, con tanta eficacia como si se dejara atrapar por el machismo sutilmente elaborado con elementos religiosos e ideológicos durante siglos. Así que los amables extraños han abandonado la hostilidad de la gran urbe para situarse en un ámbito de ruralidad y jamón de pata negra, para dirimir sus cuitas.

Yo no doy por asimilada la complejidad de una obra hasta que no la puedo resumir en una frase y en este caso, después de indagar en los vericuetos de sus casi seiscientas páginas, ha sido el título el que me ha dado la clave: la amable disposición ante lo extraño, ante lo otro, ante los otros.

La razón del gravísimo estancamiento social en una época de vertiginoso desarrollo tecnológico, está en la hostilización, en la “enemigación”, en la criminalización del otro que nos impele al egocentrismo más baldío. La necedad con la que estamos permitiendo un empobrecimiento generalizado en una época en la que con facilidad se podrían producir alimentos para toda la humanidad, radica en que el otro: el que indaga en los contenedores, el que pide por la calle, el que es desahuciado, el que es objeto de trato “preferente” por los bancos, el que muere de hambre o de frío, está más allá de la frontera que cada cual ha dejado crecer en su corazón.

Sara, Juan, Marisa… como los garcilasianos Salicio y Nemoroso, se ha situado en un ámbito fuera del vértigo para recuperar el compás natural de la vida. Pero al contrario que los buenos pastores, ellos no se dedican a lamentar lo que pudo haber sido y no fue, sino a tejer lo que podremos llegar a ser viendo en el corazón de los extraños el propio espejo del nuestro. Simplemente porque así sale una tela afectiva más bella, más variada y más fuerte.

Uno de los grandes privilegios de la vida del editor es el trato con las los autores porque enseguida te otorga las claves y desvela otras dimensiones más difíciles de comprender. En los ojos, en la palabra, en el ánima de cada autor o autora está resumida su novela. La amabilidad es una cualidad profética en estos tiempos. Consiste en la convicción de que “Lo Otro” es digno de ser amado. Eso casa poco y mal con el hambre nuestra de cada día que se predica desde la instancia político-mediática y que padecemos especialmente en nuestros lares. El día en que realmente “amabilicemos” a los extraños, a lo extraño, el día en que abramos el corazón, la mente y los sentidos, el día en que nos dejemos polinizar por las abejas provenientes de las flores ajenas, ese día la humanidad habrá dado un paso mucho más trascendente del que se produjo al pisar la luna. Y Julia T López habrá puesto su granito de arena, porque su disposición a la amabilidad es el principio del principio.

Reseña de Juan Luis Rodríguez Bravo: (pertenece a la presentación en la Casa del Libro, Madrid)

Para hablar de Los amables extraños, empiezo por el principio y me detengo en su título, en concreto en su primer componente. No en vano las criaturas de ficción de esta novela están empapadas de amabilidad y, ya estén sometidas a sus vaivenes sentimentales o a sus incertidumbres, ya estén sobrias o ebrias (y la verdad es que gustan bastante de la cerveza y del aguardiente de cereza), se muestran hospitalarias con sus amigos y atentas a sus responsabilidades y compromisos. De ahí que el relato gire en torno a un diálogo constante, natural y fluido, hasta tal punto que a él se someten todas las demás claves estilísticas. Quiero insistir en esto porque, en mi opinión, la tradición narrativa española después de las andanzas de Don Quijote y Sancho no ha dejado de tener problemas para asimilar el tono coloquial y desembarazarse de mucha falsa impostación. De hecho, tuvimos que esperar hasta que Galdós volviera a afinar admirablemente la polifonía de su retablo infinito de personajes, para que, luego en el siglo XX, “El Jarama” de Rafael Sánchez Ferlosio consiguiera el milagro de aunar el discurso cotidiano y la poesía.

En este sentido, hay que hacer notar que, si bien la novela de Julia es de indiscutible filiación realista, ella elige con mucha coherencia qué parcelas de la realidad se han de filtrar en sus páginas y cuáles se abandonan o se dejan bosquejadas, en el mejor de los casos. De este modo, las descripciones se adelgazan, el lirismo se hace muy esporádico (pese a las citas iniciales de Rimbaud y de Claudio Rodríguez) y se renuncia en gran medida a desarrollar cualquier conato definido de crítica política o social (aunque por sus páginas desfile algún alcalde con tufillo maloliente). La historia se recoge en las pequeñas plazas de la intimidad y el narrador también abandona la omnisciencia decimonónica y se sitúa en una óptica cercana a la autobiografía de su protagonista, como ya hiciera entre otros Pío Baroja con Andrés Hurtado en “El árbol de la ciencia”.

Por todo ello, no deja de ser relevante de alguna manera que la mayor metáfora se reserve para la ambientación. Esta se halla inmersa en una ruralidad etérea, de nombres y pinceladas paisajísticas que quieren evocar una geografía imprecisa en el occidente peninsular, pero que básicamente tiene el valor de recrear un lugar en el que sus personajes, que no pertenecen a él porque no son nada de pueblo, se transforman sin completar del todo sus delicadas metamorfosis. Saucedal en este sentido es un poco como el Davos de “La montaña mágica”, solo que en “Los amables extraños” la tuberculosis es sustituida por otros síntomas menos evidentes.

Otro aspecto llamativo de la novela es el papel que la cultura juega en ella. Ya he indicado que “Los amables extraños” bebe y modela las fuentes narrativas del XIX (es manifiesto el amor de su autora por esa corriente inglesa que va de Jane Austen a Elizabeth Gaskell) y, sin transitar rutas experimentales vanguardistas, se asoma al siglo XX en cuestiones como esta. Así, en la novela, como hija de su época y como consecuencia de que sus personajes son profesores y artistas, las referencias musicales (como en Nick Hornby) contrapuntean cada movimiento narrativo y, claro está, en el fondo de toda la trama está el montaje de “Un tranvía llamado deseo”.

Desde el Romanticismo la literatura se ha escogido a sí misma como tema fundamental y eso se ha expresado con múltiples variantes. Aquí resulta iluminador el juego de espejos, aparentemente contrarios, entre el drama de Tennessee Williams y la propia peripecia de la novela. Es curioso, en este sentido, que en esta se evite el simbolismo obvio y que el enfrentamiento entre los valores tradicionales y modernos, que estallaba ferozmente aniquilando a Blanche Dubois (de la que tenemos un pálido reflejo en la infeliz Concha Ojeda), tenga una onda expansiva mucho más ambigua con ese final abierto que se puede interpretar tanto como un retroceso como un paso adelante.

Y para terminar vuelvo al principio. Allí hablé de la “amabilidad”. Me queda el otro componente que anida en la suave paradoja del título, la “extrañeza”. A propósito de ello, cabe decir que Sara, Juan, Darío, Emi, Feli, Marisa y los demás no han ido a pasearse al callejón del Gato, y tal vez queden muy lejos de los viejos héroes épicos de broncíneo casco y barba bellida, o de los feroces individualistas románticos que se autodestruían al paso que se autoanalizaban en su choque con el mundo y consigo mismos, o, incluso, de un Gregor Samsa y de un Leopold Bloom alienados y alucinados. En cambio, son tataranietos de ese Fausto de Goethe, el cual antes de ser redimido inverosímilmente, intentaba luchar con todas sus fuerzas para detener algunos instantes precisos y preciosos de su vida. Entienden bien que son caballeros del desconcierto, deseosos de salir a trompicones de su problemático “yo” para invadir y ser invadidos, para traspasar las murallas de los otros sin que el intercambio de miradas los ciegue ni los coagule.

Como escribió Tana French, la estupenda novelista policiaca irlandesa, sus criaturas en último caso lo que pretenden, nada más ni nada menos, es “amar los ínfimos detalles y los inconvenientes más que las maravillas porque esas cosas te demuestran que perteneces a algo”. Podía haber añadido también “a alguien”.

Creo que, pese a los profetas que anuncian de cuando en cuando el final de la literatura y de la novela, estas seguirán ahondando en esa difícil relación de pertenencia con el azadón y el distanciamiento de sus palabras oscuras. “Los amables extraños” es un ejemplo más de esa resistencia.